Una Patagonia no tan rebelde

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Me fue imposible no sentir el dolor, anticipadamente, de lo que iba a leer. Cuando me senté en el pasto en Potrero de Los Funes en mi San Luis natal, en patas, a mirar el mapa para soñar mi viaje por la Patagonia supe al instante que más allá de los paisajes y del deseo de conocer a los habitantes actuales de aquellos territorios tenía que ir hacia atrás en el tiempo para entenderla en profundidad y eso me llevaría a Osvaldo Bayer, a José Borrero y un poco, también, al dolor que transmiten sus investigaciones y luchas. Claro que hubiese sido más cómodo ignorar esa parte y sólo decidir disfrutar del paisaje.

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Foto: Arturo Casali

Me paré en la rotonda de General Conesa, le di play a “Artaud” de Spinetta y sentí que la Patagonia me miraba desde algún arbusto, agazapada, algo sonriente. Le devolví el gesto cantándole “Por”, medio a los gritos. Se nubló y entendí que no debía volver a cantarle, por las dudas.

Los Tehuelches (todos los pueblos originarios agrupados en esta denominación) y Mapuches habitaban estas extensas tierras. Tehuelche en mapudungun significa: gente bravía. Y sí, para vivir en la naturaleza en estas latitudes indefectiblemente tendrían que serlo.

“El viento fue mi maestro” decía Yupanqui. Claro, ese maestro era dulce, tal vez tucumano o salteño. Los maestros patagónicos son algo más rectos y severos. Estos te enseñan de respeto tempranamente al callejear sus terrenos.

En octubre de 1867 el congreso de la nación argentina aprobó la ley que liberaba los fondos que cofinanciarían la “Conquista del desierto”. Sería llevada adelante por un señor que luego figuraría en el billete de cien pesos de su país. El organismo que aportó el dinero que faltaba fue la recientemente fundada Sociedad Rural Argentina.

“Sellaremos con sangre y fundiremos con el sable, de una vez y para siempre, esta nacionalidad argentina, que tiene que formarse, como las pirámides de Egipto, y el poder de los imperios, a costa de sangre y el sudor de muchas generaciones” escribió el líder de la gesta.

La persecución fue despiadada. Según el saleciano Agostini se pagaba el valor de una libra esterlina por par de orejas de un indio. Luego de aparecer algunos nativos vivos con las orejas cortadas se cambió la recompensa a una libra por cada par de testículos. Se envenenaban los pozos de agua con estrignina y a los capturados se los trasladaba de a pie, encadenados, hasta la ciudad de Buenos Aires para ser repartidos a familias que precisaran servidumbre. En los diarios de la época se podía leer: “Hoy reparto de indios. A toda familia que requiera se le entregará un varón como peón, una china como sirvienta o un chinito como mandadero”. Ya habían pasado más de cincuenta años de la Asamblea del año XIII en la que se había abolido la esclavitud en Argentina. Entre las “bajas” se contaron más de catorce mil nativos.

Las catorce mil seiscientas personas tomadas como esclavos fue sólo la brusqueta de entrada de aquel botín de guerra. El plato principal, las cuarenta y dos millones de hectáreas, tierras fiscales, se serviría tibio a mil ochocientas familias integrantes de …sí, adivinaste! De la Sociedad Rural Argentina. Las mayores extensiones fueron repartidas entre veinticuatro familia “patricias”. Al presidente de dicha entidad, el señor José María Martínez de Hoz, se le entregaron dos millones y medio de hectáreas. Los soldados, los que pusieron el cuerpo, no recibieron nada.

Hoy, 120 años más tarde, gran parte de esas tierras pertenecen a capitales extranjeros y la provincia de Santa Cruz sigue teniendo menos de medio habitante por kilómetro cuadrado. Parece que si había lugar para todos en la Patagonia.

La poesía tehuelche que nombraba lagos y montañas también sería abolida. Lagos y valles fueron cambiados por nombres de generales y de burócratas del gobierno de Buenos Aires. Uno de los lagos más hermosos de la Patagonia que llevaba el nombre en tehuelche de «El ojo de Dios» fue reemplazado por “Gutiérrez”, un burócrata del ministerio del interior que pagaba sueldos a militares. En Tierra del Fuego, el lago «Descanso del horizonte», pasó a llamarse “Fagnano”, en honor del cura que acompañó a las tropas, cruz al hombro.

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Quería viajar sintiendo, también, desde el punto de vista de los que no saldrían en la foto, de aquellos que no sólo no serían ya parte del paisaje sino que tampoco sonreirían si supiesen lo que ha sucedido con las tierras en las que habían dejado toda, absolutamente toda, su sangre.

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Foto: Arturo Casali

 


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